01 Oct Gran parte de mi vida intenté encajar. Hasta que entendí que ese era el problema de mi malestar.
Me despidieron varias veces. Tardé años en entender por qué.
Nunca he encajado demasiado bien en lugares donde alguien decía: «Yo soy el jefe y aquí se hace lo que yo diga». Yo trabajaba de otra manera. Me implicaba muchísimo con los clientes, con mis compañeros y con lo que hacía. Quería que las cosas salieran bien y que las personas estuvieran bien.
Y quiero aclarar algo: no es que tenga un problema con seguir órdenes ni con trabajar mucho. Lo que me cuesta muchísimo es seguir una orden cuando, para mí, no tiene ningún sentido.
De hecho, uno de los jefes que más me ha marcado fue Antonio Ros, cuando trabajaba en TUI, donde estuve muchos años. Ese hombre era una máquina. Era duro con nosotros, exigía muchísimo y desde luego no era un jefe que te regalara los oídos. Pero confiaba en mí. Me daba libertad, me mandaba a hacer cosas importantes y confiaba en que yo sabría resolverlas. Aprendí una barbaridad de él.
Antonio ya está jubilado y hace poco sentí que tenía que escribirle. Le mandé un mensaje simplemente para darle las gracias por todo lo que me había enseñado. Su respuesta me emocionó. Me dijo que, para él, había sido una gran suerte que yo trabajara para ellos.
Y quizá ahí está una de las cosas que tardé años en comprender. Nunca he necesitado un jefe que me dejara hacer lo que me diera la gana. He necesitado personas que fueran exigentes conmigo, pero que también confiaran en mí. Porque cuando confían en mí, doy todo por la empresa.
Recuerdo, por ejemplo, que en otra empresa me prohibieron hablar directamente con los proveedores porque aquello correspondía a otros compañeros. El problema era que yo ya los conocía, llevaba años hablando con ellos, había creado una relación y no entendía por qué de repente tenía que dejar de hacerlo. Así que, siendo yo… seguí hablando con ellos.
¿Y sabéis qué era lo más gracioso? Cuando había un problema serio y necesitábamos que algún proveedor nos hiciera un favor, ¿a quién le pedían muchas veces que llamara? Exactamente. A mí.
Y sí, esta manera de ser también me ha traído problemas. Me han despedido dos veces. Mi manera de ver las cosas y la de algunos superiores eran muy diferentes y, cuando yo creía profundamente en algo, me costaba simplemente callarme y obedecer.
En esas ocasiones no entendía por qué me tocaba a mí.
Había personas que apenas hacían su trabajo, otras que criticaban abiertamente al jefe y algunas que conseguían hacer el día a día mucho más difícil para todo el equipo. Y, aun así, me despidieron a mí. En aquel momento no lo entendí.
Con los años he aprendido a mirarme también a mí misma. Soy directa. Si veo algo que considero injusto, me cuesta mirar hacia otro lado. Si veo que alguien necesita que le defiendan, me meto. Y cuando creo en algo, lo defiendo. También entiendo que eso puede hacer que no siempre sea fácil trabajar conmigo.
Muchas veces me he preguntado: «¿Por qué me meto tanto? ¿Por qué no puedo simplemente callarme, hacer mi trabajo e irme a casa?» Pues, de momento, no he aprendido.
Durante mucho tiempo todo aquello me hizo pensar que había algo en mí que no funcionaba.
Me preguntaba muchas veces: «¿Por qué me pasa esto? ¿Por qué siempre termino chocando con los jefes?»
Hubo otros momentos en los que, en lugar de marcharme, aguanté. Aguanté porque pensaba que tenía que poder con ello, que tenía que adaptarme, que quizá el problema era yo. Estaba intentando encajar. Intentando aguantar un mal ambiente y una energía que cada día me afectaba más, mientras me repetía que tenía que ser lo suficientemente fuerte como para que aquello no me afectara.
Pero me afectaba. Claro que me afectaba. Cuando pasas tantas horas en un lugar donde hay tensión, conflictos y mala energía, es muy difícil ser inmune a todo eso. Ahora sé que hay lugares en los que aguantar no te hace más fuerte; simplemente consigue que, poco a poco, dejes de ser tú. Y en otras dos ocasiones fui yo quien decidió irse. Sin indemnización, sin paro, sin tener nada asegurado. Pero elegí mi salud mental.
Antes mi ego necesitaba que el jefe viera todo lo que hacía: «Mira cuánto he trabajado. Mira lo que he conseguido. Mira todo lo que estoy dando.»
Hasta que entendí algo: había dado demasiado poder al reconocimiento de mis superiores. Mientras esperaba que ellos vieran todo lo que hacía, no estaba viendo algo mucho más importante: los clientes que me daban las gracias, los compañeros que confiaban en mí y las personas que me demostraban que mi trabajo sí importaba.
También entendí que quizá nunca había estado hecha para encajar.
Y curiosamente, muchas de las personas que hoy llegan a mí tampoco encajan. Son personas que llevan toda la vida sintiéndose diferentes. Personas que han luchado mucho, que no siempre han tenido una vida fácil y que, aunque estén cansadas o frustradas, en algún lugar dentro de ellas siguen pensando: «Tiene que haber algo más. La vida no puede ser solamente esto.»
Creo que durante demasiado tiempo han intentado meterme en una caja. Decirme cómo debería ser, cómo debería comportarme, qué se esperaba de mí y qué era lo «normal». Y durante muchos años intenté entrar en esa caja. A veces porque quería sentirme aceptada y otras porque creía que no había otra opción.
Con mi padre, por ejemplo, chocábamos mucho.
Él quería que yo fuera de una determinada manera y yo tenía otras ideas. Sentir su decepción conmigo me afectó más de lo que durante mucho tiempo quise reconocer. Y después de su muerte cuando solo tenía 16 años, creo que una parte de mí pasó muchísimos años intentando encajar, intentando ser como se suponía que debía ser. Y eso me causó mucho malestar. Ay… el subconsciente.
Pero siento que muchas de las personas que llegan a mí son, como yo, espíritus libres. Podemos adaptarnos, contenernos y hacer lo que se espera de nosotros en ambientes tóxicos. Durante un tiempo incluso puede funcionar. Pero nunca funciona para siempre. Porque llega un momento en que algo dentro de ti ya no aguanta más. Algo te dice que no has venido a esta vida simplemente a cumplir y sobrevivir. Somos diferentes. Y no pasa nada.
Y quizá eso que durante tantos años pensaste que era tu problema es precisamente la parte de ti que se niega a desaparecer para caber en una caja que nunca fue hecha para ti. Porque no naciste para hacerte pequeño y pasar desapercibido. Naciste para ser tú, para brillar y para atreverte a destacar.
Trabajo con muchas personas con TDAH que conocen perfectamente esa sensación. Desde pequeños han escuchado: Estate quieto. No interrumpas. Compórtate. No seas tan intenso. Haz lo que hacen los demás. Nos enseñan muy pronto a adaptarnos y a seguir al rebaño.
Pero yo no quiero enseñar a nadie a encajar. Quiero enseñarles a ser ellos mismos. A confiar en lo que sienten, a creer en sí mismos, a poner límites, a decir lo que necesitan y también a expresarse con MIEL y no con mierda.
Porque esto último también hay que aprenderlo. Muchas personas se callan, aguantan, ceden y acumulan durante meses o años… hasta que un día explotan. Y entonces ya no hablan desde la calma, hablan desde toda la rabia que llevan guardada. Poco a poco aprendemos otra manera: ser auténticos sin necesidad de arrasar con los demás.
Hoy ya no veo el hecho de sentirme diferente como un defecto. Lo veo como una de mis mayores virtudes. No estoy hecha para encajar. Y quizá tú tampoco.
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