¿Por qué bloqueamos la abundancia aunque seamos capaces de crearla?

¿Por qué bloqueamos la abundancia aunque seamos capaces de crearla?

Muchas personas creen que tienen un problema con el dinero, la disciplina o la constancia. Sin embargo, algunas ya han demostrado que saben trabajar, crear oportunidades y conseguir buenos resultados. El verdadero problema aparece después: pierden el impulso, dejan de hacer lo que estaba funcionando, toman decisiones que las devuelven al punto de partida o no consiguen conservar aquello que han construido.

Esto puede parecer falta de capacidad o compromiso, pero detrás puede existir un conflicto mucho más profundo: desear conscientemente la abundancia mientras, en el fondo, sentimos que no somos suficientemente valiosos, que no la merecemos o que tener demasiado podría convertirnos en una mala persona.

Las creencias que aprendemos sobre nosotros mismos

Durante la infancia intentamos comprender lo que sucede a nuestro alrededor con los recursos que tenemos en ese momento. Cuando un niño se siente ignorado, rechazado o solo con emociones que nadie le ayuda a comprender, normalmente no piensa que los adultos que lo rodean no saben cómo responder. Interpreta que lo sucedido significa algo sobre él mismo.

Si nadie responde a su dolor, puede concluir: No soy importante. Si se siente rechazado o apartado repetidamente: No valgo. Si crece rodeado de culpa, vergüenza o miedo a equivocarse: Soy una mala persona o Todo lo hago mal.

Estas conclusiones pueden convertirse en etiquetas desde las que seguimos interpretando la vida muchos años después. El niño crece, pero una parte del adulto continúa mirando el mundo desde aquella antigua visión de sí mismo. Puede ser una persona inteligente, responsable y capaz y, aun así, sentir que nunca hace suficiente, que en algún momento todo saldrá mal o que necesita demostrar constantemente su valor.

Cuando intentas demostrar que vales

Muchas de las personas con las que trabajo son capaces y se esfuerzan enormemente. Sin embargo, les cuesta reconocer lo que consiguen. Minimizan sus logros, se comparan con los demás o sienten que siempre deberían haber hecho más.

Una persona que lleva dentro la creencia No valgo puede trabajar sin descanso para demostrar su valor. Puede crear un negocio, ayudar a todo el mundo, asumir más responsabilidades de las que le corresponden o intentar hacerlo todo perfectamente. Pero ningún resultado termina de ser suficiente porque cada logro tiene la obligación de demostrar algo.

Incluso después de un buen día de trabajo puede pensar: Podría haber hecho más.

Aquí aparece una contradicción importante: si necesitas demostrar que vales, sigues partiendo de la creencia de que todavía no vales.

Lo mismo sucede con la necesidad de demostrar que eres una buena persona. Puedes complacer a los demás, evitar conflictos, intentar hacerlo todo bien o convertirte en lo que crees que esperan de ti. Sin embargo, todo ese esfuerzo continúa alimentando la creencia original: si necesitas demostrar que eres una buena persona, sigues partiendo de la idea de que, en el fondo, hay algo malo en ti.

Por eso resulta tan agotador. Intentas escapar de una historia mientras sigues utilizándola como punto de partida.

¿Qué relación tiene esto con la abundancia?

Las creencias que aprendimos sobre el dinero también pueden influir en nuestra capacidad para aceptar y conservar la abundancia. Quizá creciste escuchando que el dinero era la raíz de todos los males, que las personas ricas eran egoístas, que desear demasiado estaba mal o que debías conformarte con lo que tenías.

Estas ideas pueden permanecer en nosotros sin que lleguemos a cuestionarlas. Ahora imagina que, además, necesitas demostrar que eres una buena persona. Conscientemente deseas ganar más dinero, pero internamente has asociado la riqueza con algo negativo.

Así aparece el conflicto: quiero dinero, pero no quiero convertirme en la clase de persona que creo que representa el dinero.

Puedes ser perfectamente capaz de crear oportunidades y obtener buenos resultados, pero no sentirte seguro al mantenerlos. Quizá construyes algo rentable y, cuando comienza a funcionar, levantas el pie del acelerador. Dejas de hacer lo que estaba dando resultados, descuidas el proyecto, gastas el dinero o tomas decisiones que te devuelven a la escasez.

El problema no siempre es tu capacidad para crear abundancia. A veces es no sentirte suficientemente digno o seguro para conservarla.

Cuando esperas que algo salga mal

La etiqueta Todo lo hago mal también condiciona la manera en la que interpretas la realidad. Un cliente te envía un correo y, antes de abrirlo, ya esperas una queja o una devolución. Alguien no responde a un mensaje y piensas inmediatamente: ¿Qué he hecho mal?

Todavía no sabes qué ha sucedido, pero tu antigua visión de ti mismo ya está esperando ser confirmada. No estás observando únicamente lo que ocurre ahora. Estás mirando el presente a través de una conclusión creada en el pasado.

Esta perspectiva también puede hacer que nunca disfrutes realmente de tus resultados. Consigues algo y enseguida piensas en lo que falta. Alcanzas un objetivo y, en lugar de reconocerlo, buscas el siguiente. La abundancia puede estar presente en tu vida, pero tu mente continúa enfocándose en la escasez.

Tus etiquetas no son hechos

Existe una pregunta sencilla que puede ayudarte a verlo: si alguien pudiera abrirte y mirar dentro de ti, ¿encontraría una etiqueta de fábrica que dijera que no vales nada, que eres una mala persona o que estás destinado a hacerlo todo mal?

Esa etiqueta no existe.

No valgo, No soy importante y Todo lo hago mal pueden haber sido conclusiones comprensibles durante la infancia, pero no son características reales de quien eres. Son interpretaciones creadas a partir de determinadas experiencias.

Comprenderlo no significa negar el pasado. Lo que viviste pudo ser doloroso y las decisiones que tomaste también pueden haber tenido consecuencias. Lo que cambia es el significado que atribuyes a tu identidad.

No me protegieron no significa que no valgo. Alguien no supo responder a mi dolor no significa que no soy importante. Tomé una decisión que hizo daño no significa que soy una mala persona.

La salida no consiste en esforzarte todavía más para demostrar que estas etiquetas son falsas. Cada intento por demostrar tu valor continúa dando autoridad a la creencia de que ese valor no existe. El cambio comienza cuando reconoces que esas etiquetas son una perspectiva, no la verdad sobre ti.

La diferencia entre culpa y responsabilidad

Dejar de vivir desde el victimismo no significa responsabilizarte por lo que sufriste durante la infancia ni justificar el comportamiento de los demás. Significa comprender la diferencia entre culpa y responsabilidad.

La culpa te mantiene atrapado en ideas como Soy malo, Lo hice mal o Todo es culpa mía. La responsabilidad plantea preguntas diferentes: ¿Qué ha sucedido realmente? ¿Qué parte me corresponde ahora? ¿Cuáles han sido las consecuencias? ¿Qué puedo hacer a partir de aquí?

Quizá no seas culpable de lo que viviste, pero como adulto puedes responsabilizarte de la perspectiva desde la que vives hoy. Si necesitas que las personas que te hicieron daño reconozcan el pasado para poder sentirte valioso, tu bienestar continúa dependiendo de ellas.

Esto no significa perdonar obligatoriamente, justificar ni olvidar. Significa dejar de entregar a los demás el poder de determinar quién eres hoy.

La responsabilidad también puede verse en nuestra manera de hablar sobre el dinero. Decir Perdí todo mi dinero hace que parezca que simplemente desapareció. En realidad, fue gastado, invertido o utilizado mediante una serie de decisiones y circunstancias.

Reconocerlo puede resultar incómodo, pero también te devuelve el poder. Si el dinero simplemente desapareció, no puedes hacer nada. Si tus decisiones participaron en el resultado, puedes comprenderlas y aprender a tomar decisiones diferentes.

La responsabilidad no es una condena. Es la posibilidad de actuar.

Cuidar no es lo mismo que complacer

Complacer a los demás también puede ser una forma de intentar escapar de tus etiquetas. Debajo de ese comportamiento suele existir una parte asustada que piensa: Mira lo buena persona que soy. Por favor, no me rechaces.

Complacer puede parecer una forma de cuidar, pero muchas veces su verdadero propósito es controlar cómo reaccionan los demás. Evitas conversaciones difíciles, escondes lo que realmente quieres o te abandonas a ti mismo para impedir que otra persona se enfade.

Cuidar es diferente. Cuidar puede exigir decir algo que la otra persona no desea escuchar porque la sinceridad también forma parte del respeto. La pregunta que puedes hacerte es: ¿Hago esto porque realmente me importa la otra persona o porque tengo miedo de cómo me verá?

Puedes ser sensible y considerado sin convertir las emociones de los demás en una medida de tu valor.

Cómo empezar a cambiar de perspectiva

La mente lógica quiere conocer los pasos: ¿cómo puedo crear abundancia?, ¿cómo puedo dejar de repetir el mismo patrón? Sin embargo, antes del cómo aparece el quién.

La visión profunda que tienes de ti mismo influye en tus pensamientos. Tus pensamientos afectan a tus emociones. Tus emociones condicionan tus acciones y tus acciones producen resultados.

Identidad → pensamientos → emociones → acciones → resultados

Si te consideras una persona incapaz, insignificante o destinada a fracasar, producirás pensamientos coherentes con esa identidad. Esos pensamientos generarán miedo, vergüenza o impotencia. Tus acciones estarán condicionadas por esas emociones y los resultados parecerán demostrar la creencia original.

Cuando empiezas a relacionarte contigo desde Soy valioso, capaz y responsable, también aparecen acciones diferentes. Quizá respondes el correo que estabas evitando, pagas una factura, organizas lo que llevabas tiempo descuidando, realizas una llamada pendiente, aprovechas una oportunidad o mantienes una conversación sincera.

Ya no haces estas cosas para demostrar tu valor. Las haces desde un valor que comienza a dejar de estar en duda.

¿Qué ocurre cuando vuelve la antigua reacción?

Las viejas creencias pueden reaparecer. Décadas de condicionamiento no desaparecen de un día para otro. Un cliente te envía un mensaje y piensas: Seguro que algo va mal. Alguien no responde y regresa la antigua pregunta: ¿Qué he hecho mal?

Esto no significa que hayas fracasado. Significa que ha aparecido tu antigua autoimagen. En ese momento puedes detenerte y preguntarte: ¿Qué ha sucedido realmente? ¿Estoy creando una historia sin tener toda la información? ¿He contribuido a esta situación? ¿Hay algo que deba reconocer o reparar?

Si has contribuido, puedes asumir tu parte y reparar lo que sea posible. Si no lo has hecho, puedes permitir que la otra persona se responsabilice de su propia reacción. Ninguna de las dos posibilidades exige volver a pensar que no vales o que siempre lo haces todo mal.

La abundancia no puede demostrar tu valor

Vivir desde la abundancia no significa repetir frases positivas y esperar a que llegue el dinero. Tampoco elimina la necesidad de trabajar, crear, vender, aprender, tomar decisiones o gestionar correctamente lo que consigues.

Lo que cambia es el lugar interno desde el que realizas esas acciones.

En lugar de vivir desde Necesito conseguir dinero para demostrar que valgo, puedes empezar a vivir desde Ya soy valioso. Tengo algo valioso que ofrecer. Puedo actuar y afrontar el resultado.

La abundancia no puede utilizarse para demostrar tu valor porque tu valor es el punto de partida, no la recompensa. Las etiquetas pueden explicar cómo has vivido hasta ahora, pero no tienen por qué determinar lo que sucederá después.

Una perspectiva más dentro del Método DiBaloph

Este contenido está inspirado en las ideas de Peter Crone y forma parte de la Biblioteca del Método DiBaloph, donde recojo, resumo y explico las enseñanzas de diferentes autores, expertos y referentes del crecimiento personal y la transformación.

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