¿Por qué te importa tanto lo que piensen los demás?

¿Por qué te importa tanto lo que piensen los demás?

Quizá ni siquiera te das cuenta de cuánto te callas. Para ti es normal. Algo te molesta, pero no dices nada. Alguien hace algo que te duele y buscas una explicación. Quieres decir que no, pero terminas diciendo que sí. No porque quieras hacerlo, sino porque no sabes muy bien cómo hacerlo de otra manera.

Desde muy joven aprendiste a no quejarte, a seguir adelante, a adaptarte, a complacer y a evitar problemas. Quizá creciste viendo exactamente eso en casa: una madre o un padre que aguantaba, callaba, hacía todo por los demás y seguía adelante sin quejarse. Y aprendiste que eso era lo normal. O quizá ocurrió todo lo contrario. Creciste con padres muy duros, exigentes o poco atentos a cómo te sentías. Cuando estabas triste, enfadada o necesitabas que alguien te escuchara, quizá no había espacio para ello. Te decían que no era para tanto, que dejaras de llorar, que no contestaras o simplemente nadie se paraba realmente a preguntarte: «¿Qué te pasa? ¿Cómo te sientes?»

Entonces aprendiste algo muy pronto: mejor no decir nada. Mejor no molestar. Mejor adaptarme. Y lo que aprendiste de pequeña para desenvolverte en casa puede seguir apareciendo hoy en tus relaciones. Sientes que algo no está bien, pero antes de preguntarte qué necesitas tú, piensas automáticamente: «¿Se enfadará?», «¿Qué pensará de mí?», «¿Estaré exagerando?», «¿Qué debería hacer?» Y una vez más, te lo guardas.

Hasta que un día explotas.

Y muchas veces no explotas con la persona con la que realmente estás enfadada. Explotas con tu pareja, con tu familia, con una amiga… precisamente con esas personas con las que te sientes segura y sabes que puedes ser tú. Ellas terminan recibiendo toda esa frustración que llevas acumulando. Y después te sientes fatal. Aparece la culpa: «No se lo merecía», «¿por qué he reaccionado así?», «otra vez he hecho lo mismo…»

Pero el problema no empezó el día que explotaste. Empezó todas aquellas veces que sentiste que algo no estaba bien y decidiste callarte. Porque en el fondo muchas veces sabes perfectamente que algo te molesta, que no quieres hacerlo o que alguien está sobrepasando tus límites. Pero no sabes cómo actuar de otra manera. Has aprendido a escuchar a todo el mundo menos a ti.

Y así puedes pasar años. Pendiente de no molestar, no decepcionar, no parecer egoísta, no provocar una discusión. Siempre pensando: ¿Qué esperan de mí? ¿Qué debería hacer? ¿Qué pensarán si digo lo que realmente siento? Y eso puede hacerte sentir muy sola, incluso teniendo personas que te quieren y con las que sí te sientes bien. Porque el problema no es necesariamente que estés sola. El problema es que has aprendido a guardar demasiado dentro de ti hasta que ya no puedes más.

Entonces aparece la frustración. El enfado. El cansancio. La ansiedad. Esa sensación de estar dando muchísimo y de estar siempre pendiente de todo el mundo mientras tú vas quedando para el final.

Quizá por eso te importa tanto lo que piensen los demás. No porque seas débil. Sino porque durante demasiado tiempo aprendiste que ser aceptada, no molestar y hacer felices a los demás era más importante que escuchar lo que tú sentías y necesitabas.

¿Y qué pasa cuando tu cuerpo también empieza a hablar?

 

Hay otra cosa que veo muchísimo en consulta y de la que quiero hablar porque forma parte de la realidad de muchas de las personas que llegan a mí: el malestar físico.

Dolores de espalda, cuello y hombros, dolores de cabeza, problemas digestivos, psoriasis, fibromialgia, molestias de garganta, intolerancias, cansancio, tensión muscular… problemas que en algunos casos llevan años formando parte de su vida.

Nunca vienen a mí por esos dolores o molestias crónicas. Vienen porque tienen ansiedad, depresión, inseguridad, problemas de pareja o simplemente porque ya no pueden más. Cuando les pregunto por su cuerpo me dicen: Ah, sí, pero eso lo tengo desde hace años. Ya lo han normalizado. Han ido a médicos, se han hecho pruebas, han seguido tratamientos y, cuando no encuentran una solución suficiente para ese malestar, llegan a pensar que simplemente tendrán que aprender a vivir con ello.

Y aquí es donde yo veo algo una y otra vez que me parece fascinante.

Cuando una persona empieza a cambiar su manera de vivir, a expresarse, a sentirse más segura, a poner límites sanos, a dejar de complacer constantemente y a permitirse disfrutar de su vida, muchas veces también me cuenta que su cuerpo se siente mejor. Algunas personas notan menos tensión o menos dolor y, en algunos casos, me cuentan que determinadas molestias han desaparecido.

Y a veces también hay recaídas. Momentos en los que están más bajas de energía, vuelven a desconectarse un poco de sí mismas o simplemente atraviesan una etapa más difícil. Y algunas me cuentan que justo entonces vuelve ese dolor o esa molestia que llevaba tiempo sin aparecer. Con el tiempo aprenden a reconocerlo como una especie de alarma: su cuerpo les está diciendo que algo necesita atención otra vez.

Ya no lo viven de la misma manera que antes. En lugar de resignarse, aprenden a parar, escucharse y preguntarse qué está pasando, qué necesitan y qué ha cambiado.

Por eso enseño a mis clientes a escucharse. A escuchar sus emociones, su cuerpo, su intuición y aquello que llevan años intentando ignorar. Esto no significa dejar de ir al médico ni asumir que cualquier síntoma físico tiene un origen emocional. Siempre hay que descartar y tratar adecuadamente las causas médicas. Pero tampoco creo que debamos ignorar cómo estamos viviendo emocionalmente cuando llevamos años bajo estrés, tensión o sintiendo que no podemos ser nosotros mismos.

Tenía una clienta que era peluquera y llevaba años con una intolerancia a la lactosa diagnosticada. Me explicaba que tomar leche o comer determinados alimentos con lácteos le provocaba síntomas prácticamente de inmediato. Ella había venido a mí inicialmente por otro motivo, que trabajamos durante nuestra primera sesión. Pero cuando me habló de la intolerancia decidimos dedicar nuestra segunda sesión específicamente a ello.

Durante esa sesión apareció un conflicto muy fuerte en la relación con su madre. La quería muchísimo, pero al mismo tiempo esa relación le generaba una enorme frustración. Su madre conseguía sacarla de quicio y a ella le costaba poner límites, expresar lo que realmente sentía y dejar de sentirse culpable por hacerlo. Eso fue lo que trabajamos en aquella segunda sesión.

Una semana después me contó que había vuelto a tomar leche y a comer alimentos con lácteos y que los síntomas que llevaba años experimentando ya no aparecían. A día de hoy toma leche normal, come pasteles y otros alimentos con lácteos sin el problema que tenía antes.

No cuento su experiencia para decir que poner límites «cura» una intolerancia alimentaria ni que todas las intolerancias tengan un origen emocional. Cuento lo que ocurrió con ella, porque es uno de esos casos que me han enseñado a no mirar únicamente lo que una persona piensa o siente, sino también a prestar atención a lo que está ocurriendo en su vida y en su cuerpo.

Y lo más bonito es que su transformación no terminó ahí. Su vida cambió muchísimo. Dejó de ser peluquera y hoy lleva un restaurante y un servicio de catering con mucho éxito.

Por eso hay algo que digo mucho a mis clientes: «Dentro de un año tu vida habrá cambiado muchísimo.»

No porque de repente todo vaya a ser perfecto ni porque nunca vuelva a ocurrir nada malo. La vida seguirá pasando. Habrá problemas, pérdidas, cambios y momentos difíciles. La diferencia es que tú ya no vas a enfrentarte a ellos de la misma manera.

Vas a tener herramientas que antes no tenías. Vas a conocerte mejor, poner límites, expresar lo que sientes, confiar más en ti y aprender a escuchar tu cuerpo, tus emociones y tu intuición. Y cuando empiezas a vivir de una manera más coherente contigo misma, los cambios pueden ser enormes. Cambian tus relaciones, tus decisiones, la manera en la que te tratas, tu trabajo y, a veces, incluso la dirección que toma tu vida.

Eso es lo que para mí hace que estas transformaciones sean tan profundas y tan bonitas. No se trata de conseguir una vida perfecta. Se trata de aprender a vivir de una manera diferente. Una vida en la que tú también seas importante, puedas disfrutar, sentirte en paz y saber que mereces estar bien.

 

¿Te has reconocido en estas palabras?

Si sientes que ha llegado el momento de dejar de vivir pendiente de los demás y empezar a escucharte a ti, puedo ayudarte a hacerlo.

 

No Comments

Sorry, the comment form is closed at this time.