28 Oct ¿Llevas tiempo intentando dejar esa adicción y siempre vuelves?
¿Qué estoy intentando aliviar?
Intentar dejar una adicción y volver una y otra vez puede generar mucha frustración, culpa y cansancio.
Algunos de mis clientes llegan a consulta por una depresión, por ansiedad o después de años de sufrimiento. Además, algunos tienen problemas con las drogas, el alcohol o el tabaco. Otros viven episodios de atracones de azúcar o sienten que han perdido el control con la comida. Y, a menudo, también conviven con dolores crónicos.
No todos llegan por lo mismo ni tienen la misma historia. Pero cuando se acumulan el sufrimiento, el dolor y una conducta que cuesta dejar, la vida puede hacerse muy difícil. A lo que ya les pasa se añade muchas veces la culpa. Se reprochan consumir, comer, volver a hacerlo. Se prometen que será la última vez. Intentan controlarse, aguantan un tiempo y, cuando vuelven al mismo lugar, sienten que han fallado otra vez.
Pero ¿qué ocurre antes de ese momento? ¿Qué siente esa persona antes de buscar algo que la calme?
Hoy quiero compartir una reflexión inspirada en las enseñanzas de Peter Crone sobre las creencias que nos limitan y la relación que tenemos con nosotros mismos. Una mirada que nos invita a comprender qué puede haber detrás de algunas de esas conductas.
A veces, lo que queremos dejar es también lo que usamos para encontrar alivio.
Nos fijamos en lo que vemos: la comida, el cigarrillo, el alcohol, las drogas, el móvil o esa relación de la que cuesta salir. Y, por supuesto, importa lo que hacemos y las consecuencias que tiene. Pero también podemos mirar lo que sucede por dentro.
Puede haber ansiedad, tristeza, soledad, miedo, vergüenza o una sensación de vacío. Algo que resulta difícil de sostener. Entonces aparece una conducta que, durante un momento, permite desconectar, distraerse o sentir menos. El alivio puede durar poco. Después pueden llegar las consecuencias, el malestar y el reproche. Pero en aquel momento esa conducta ha cumplido una función: ha ayudado a apartarse de algo que dolía.
Comprender esa función no significa negar el daño. Significa mirar también el sufrimiento que había antes. Por eso, además de preguntarnos cómo dejar una conducta, podemos preguntarnos qué estamos buscando en ella. Qué nos ofrece durante esos minutos. Qué emoción parece hacerse más llevadera.
¿Qué había antes de la necesidad?
A veces solo nos damos cuenta cuando ya estamos comiendo, cuando hemos encendido otro cigarrillo o cuando hemos vuelto a beber. Pero antes ha ocurrido algo. Quizá una discusión. Un momento de soledad. Una sensación de rechazo. Un pensamiento que nos ha hecho sentir pequeños, culpables o insuficientes. O una tensión que llevábamos acumulando sin prestarle atención.
Desde esta mirada, una experiencia dolorosa puede dar lugar a una conclusión sobre nosotros mismos; esa conclusión puede convertirse en parte de nuestra identidad y generar sufrimiento. Después buscamos alivio, repetimos una conducta y sentimos culpa. Y esa culpa vuelve a reforzar la idea negativa que teníamos sobre nosotros.
No tiene por qué explicar todas las situaciones. Pero puede ayudarnos a observar un patrón que, desde dentro, parece incomprensible. Quizá no estamos repitiendo algo porque queramos hacernos daño. Quizá estamos recurriendo a una forma de alivio que conocemos, aunque después nos haga sufrir más.
Lo que vivimos y lo que llegamos a creer sobre nosotros.
Una de las ideas centrales de esta reflexión es la diferencia entre una experiencia dolorosa y la conclusión que sacamos sobre quiénes somos. Un niño puede vivir rechazo, abandono o humillación y llegar a pensar que hay algo malo en él. Puede interpretar que no merece amor, que no importa o que tiene que esforzarse constantemente para que no lo dejen. Esas conclusiones pueden acompañarlo durante años.
De adulto, quizá no recuerde cuándo empezó a sentirse así. Puede que ni siquiera se diga esas frases de manera consciente. Sin embargo, puede vivir intentando demostrar su valor, buscando aprobación o temiendo que los demás descubran que no es suficiente.
Aquí aparece una pregunta importante: ¿Estoy viendo lo que ocurre ahora o lo estoy interpretando desde lo que aprendí a creer sobre mí? Si creo que no valgo, una dificultad puede parecerme una prueba de mi falta de valor. Si creo que no merezco amor, un rechazo puede confirmar esa creencia. Así, una experiencia concreta termina convirtiéndose en un juicio sobre toda mi persona.
Cuando una creencia empieza a sentirse como una identidad.
No es lo mismo reconocer que estamos teniendo un pensamiento doloroso que vivir como si ese pensamiento fuera una descripción definitiva de nosotros mismos. Podemos equivocarnos y pensar que somos un fracaso. Podemos tener una recaída y concluir que nunca cambiaremos. Podemos sentir vergüenza y asumir que hay algo profundamente malo en nosotros. Entonces dejamos de mirar una conducta o una dificultad concreta. Nos juzgamos por completo.
Desde esa mirada, cada tropiezo parece confirmar lo que ya creíamos. Y puede costarnos reconocer lo que contradice esa historia: el cariño que recibimos, lo que sí conseguimos, las veces que pedimos ayuda o los pequeños cambios que vamos haciendo.
Una conclusión que nació en un momento de dolor puede sentirse muy verdadera sin definir todo lo que somos. La invitación es empezar a reconocer esas creencias y cuestionarlas. Preguntarnos de dónde vienen y cómo influyen en nuestra manera de vivir.
¿Por qué a veces también cuesta estar bien?
Otra idea que puede resultar sorprendente es que, para algunas personas, recibir amor, sentirse tranquilas o empezar a mejorar también puede generar incomodidad. Si alguien lleva mucho tiempo sintiéndose indigno o insuficiente, una experiencia buena puede entrar en conflicto con la imagen que tiene de sí mismo. Puede desconfiar, anticipar que va a perderla o sentir que no le corresponde.
Podemos imaginarlo como un termostato emocional: una persona acostumbrada a la culpa o al sufrimiento puede encontrar extraño sentirse de otra manera y tender a volver a un estado conocido. Esta imagen invita a observar por qué, en ocasiones, nos alejamos de algo que nos hace bien. No permite explicar por sí sola todas las recaídas, pero abre una pregunta sobre nuestra relación con el bienestar: ¿Qué me pasa cuando recibo cariño, cuando descanso o cuando las cosas empiezan a ir mejor?
A veces comprender esa incomodidad puede ser tan importante como comprender lo que sentimos en los momentos difíciles.
La culpa puede mantener el mismo círculo.
Después de repetir una conducta que queríamos dejar, es fácil entrar en el reproche. Nos enfadamos con nosotros mismos. Nos insultamos por dentro. Nos exigimos más control. Y quizá creemos que tratarnos con dureza nos ayudará a cambiar.
Pero esa dureza puede añadir vergüenza y sufrimiento al malestar que ya existía. Volvemos a sentirnos peor y vuelve a aparecer la necesidad de encontrar alivio. Así, el intento de castigarnos puede terminar formando parte del mismo círculo.
Comprenderlo nos permite cambiar la pregunta. Además de mirar qué hemos hecho, podemos mirar qué estaba pasando, qué necesitábamos y qué podríamos necesitar la próxima vez. Podemos responsabilizarnos de nuestras conductas sin convertirlas en una condena sobre nuestro valor.
Comprenderte no significa justificarlo todo.
Mirar con compasión una conducta no significa decir que no tiene consecuencias. Tampoco significa resignarnos a seguir igual. Significa poder reconocer lo que ocurre sin escondernos detrás de la vergüenza. Ver que algo nos está haciendo daño y, al mismo tiempo, intentar comprender por qué seguimos recurriendo a ello.
Podemos dejar de mirar únicamente el hábito y prestar atención a la relación que tenemos con nosotros mismos. A las creencias desde las que vivimos. A esa exigencia de demostrar constantemente que merecemos amor, descanso o cuidado.
Cambiar esa relación puede formar parte del proceso. Las adicciones, la depresión, la ansiedad y el dolor crónico no quedan explicados únicamente por estas ideas; cada persona necesita una valoración y un acompañamiento adecuados a su situación.
Empezar a escuchar lo que hay debajo.
Podemos empezar por observar la conducta, preguntarnos qué intenta calmar, reconocer las creencias que aparecen y relacionarnos con nosotros mismos desde una mayor comprensión. Eso requiere honestidad. A veces también requiere ayuda.
Podemos prestar atención a lo que ocurre antes de la necesidad. Reconocer una emoción que solemos apartar. Escuchar cómo nos hablamos cuando algo sale mal. Darnos cuenta de que llevamos años repitiendo una idea sobre nosotros sin haberla cuestionado.
Quizá lo primero que descubramos sea cansancio. O soledad. O miedo. Quizá aparezca una tristeza a la que nunca habíamos dado espacio. No hace falta convertir ese descubrimiento en otro motivo para exigirnos. Podemos empezar por reconocerlo: hay algo que me está costando sostener y merece atención.
¿Qué estoy intentando aliviar?
Esta es la pregunta que me gustaría dejarte. La próxima vez que aparezca esa necesidad, si puedes detenerte un momento, observa qué está ocurriendo dentro de ti. ¿Qué estaba sintiendo? ¿Qué me estaba diciendo? ¿Qué esperaba encontrar al comer, fumar, beber o desconectar? ¿Un descanso? ¿Compañía? ¿Un momento sin tanto ruido?
Puede que la respuesta no aparezca enseguida. Pero hacerte la pregunta ya abre un espacio para comprenderte. Tu sufrimiento merece ser escuchado. Y tú mereces encontrar formas de cuidarte que no te hagan más daño.
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