Es fácil culpar a tu pareja. Lo difícil es reconocer tu parte.

Es fácil culpar a tu pareja. Lo difícil es reconocer tu parte.

Cuando tu relación se apaga: lo que esperas del otro y lo que has dejado de dar tú

 

Al principio todo era más bonito. Tenías ganas de verle, esperabas que llegara a casa y querías contarle cómo había ido tu día. Os abrazabais, hacíais planes y cualquier momento juntos parecía especial. Ahora, cuando sabes que está a punto de llegar, empiezas a irritarte. Ya imaginas lo que encontrarás: las cosas sin hacer, la casa desordenada, otra responsabilidad que tendrás que asumir tú y una conversación que probablemente terminará en reproches, silencio o discusión.

Vivís juntos, pero cada vez te sientes más sola. Ya casi no hay palabras bonitas, caricias ni momentos de complicidad. Solo obligaciones, cansancio y frustración. Él te molesta y tú probablemente también le molestas a él. Lo que antes era un hogar empieza a parecer un lugar donde dos personas sobreviven juntas.

Antes deseabas que llegara a casa. Ahora prefieres que tarde.

Es fácil pensar que el problema es él: no ayuda, no escucha, no se implica, no tiene detalles y hace tiempo que ha dejado de verte. Puede que tengas razón en muchas cosas. Pero si realmente quieres comprender qué está ocurriendo, también necesitas hacerte una pregunta incómoda: ¿qué estás aportando tú a la relación?

¿Todavía le dices algo bonito o solo le recuerdas lo que hace mal? ¿Le preguntas cómo está o únicamente habláis de problemas? ¿Le preparas alguna vez un café con cariño o haces solo el tuyo porque estás cansada de dar? ¿Te acercas a darle un beso o esperas que siempre sea él quien dé el primer paso? ¿Expresas lo que necesitas con claridad o acumulas resentimiento hasta que terminas explotando?

No se trata de culparte ni de negar todo lo que llevas soportando. Se trata de mirar la relación completa, porque es muy difícil recuperar la conexión cuando ambos esperan recibir algo que ninguno está dispuesto a empezar a dar.

Una relación no siempre funciona al 50 %.

Habrá días en los que tú solo puedas aportar un 20 % y necesites que tu pareja sostenga el otro 80 %. Otros días será él quien no pueda más y tú tendrás que dar un poco más. Eso es ser un equipo: confiar, apoyaros, cuidaros y también dejaros cuidar.

El problema aparece cuando siempre es la misma persona quien sostiene la casa, los hijos, las responsabilidades y la relación. Pero también cuando dejamos de ver todo lo que el otro sí hace porque estamos demasiado concentrados en cómo debería hacerlo.

Quizá le pides que colabore, pero cuando lo hace corriges cada detalle porque no lo ha hecho como tú querías. Tal vez vuelves a colocar lo que él ha ordenado, repites la tarea o le haces sentir que nunca consigue hacerlo bien. Con el tiempo, tú terminas pensando que tienes que encargarte de todo y él deja de intentarlo porque siente que nada de lo que hace es suficiente.

¿Quieres que participe o necesitas que todo se haga a tu manera?

Querer colaboración es sano. Tener que cargar con todo no lo es. Pero controlar constantemente la forma en que el otro hace las cosas también puede destruir la relación.

Pregúntate qué prefieres: una casa siempre impecable, con cada cosa en su sitio, o un hogar en el que a veces haya algo de desorden, pero también espacio para respirar, reír, equivocarse y estar juntos. No se trata de conformarte con una persona que nunca asume responsabilidades, sino de distinguir entre necesitar apoyo y exigir que todo se haga exactamente a tu manera.

A veces queremos tener razón, mantener el control y conseguir que todo sea perfecto. Sin darnos cuenta, acabamos sacrificando la tranquilidad y la conexión que tanto echamos de menos.

Quizá no echas de menos quién era él. Quizá también echas de menos quién eras tú.

Cuando piensas en el principio de la relación, recuerdas cómo te miraba, cómo te hablaba y cómo te hacía sentir. Pero tú también eras diferente. Tenías ilusión, te cuidabas, te arreglabas porque te apetecía, hacías planes y veías la vida con más esperanza. No porque una mujer tenga que estar guapa para merecer amor, sino porque todavía conservabas una conexión contigo misma que poco a poco has ido perdiendo.

Ahora apenas tienes energía. Has dejado de hacer muchas de las cosas que te gustaban, te aíslas y cada vez dudas más de ti. Miras a otras parejas y piensas que ellas sí son felices, aunque solo estés viendo lo que muestran hacia fuera. Tú, mientras tanto, sientes que te ha tocado vivir con “el mismo gruñón de siempre”.

Pero ¿todo tu malestar procede realmente de él? ¿Esperas que tu pareja vuelva a hacerte sentir viva, atractiva y feliz? Una pareja puede acompañarte, apoyarte y contribuir a tu bienestar, pero no puede convertirse en la única responsable de tu felicidad.

Puedes cambiar de pareja, pero tus patrones viajan contigo.

Cuando una relación lleva tiempo desgastada, puede aparecer otra persona. De repente vuelves a sentir pasión, deseo y conexión. Te escucha, te mira de otra manera y despierta una parte de ti que creías perdida. Puedes pensar que por fin has encontrado lo que te faltaba y que la solución es dejarlo todo para empezar de nuevo.

Sin embargo, la intensidad del principio no dura eternamente. Con el tiempo también llegarán la rutina, las responsabilidades y los conflictos. Si no comprendes qué te estaba ocurriendo y qué patrones estabas repitiendo, puedes terminar viviendo una historia parecida con una persona diferente.

Esto no justifica una infidelidad. Ser infiel es una decisión de quien la comete y su pareja no es responsable de esa elección. Pero antes de cambiar toda tu vida buscando fuera lo que te falta, conviene preguntarte qué estabas buscando realmente y qué necesitas trabajar dentro de ti.

Puedes cambiar de pareja, de trabajo, de casa o incluso de país. A veces esos cambios son necesarios, pero no siempre solucionan un malestar que viaja contigo.

Tus hijos no aprenden qué es el amor escuchándote. Lo aprenden observándote.

Si tenéis hijos, existe otra pregunta que merece una respuesta honesta: ¿te sentirías orgullosa si algún día ellos tuvieran una relación como la vuestra?

No se trata de no discutir nunca. Los hijos también pueden aprender que dos personas tienen diferencias, se equivocan, piden perdón y buscan soluciones. El problema es cuando crecen viendo desprecio, gritos, frialdad, silencios interminables o a una madre y un padre que viven permanentemente frustrados.

Permanecer juntos no siempre significa proteger a los hijos. Lo importante no es únicamente compartir una casa, sino el ambiente emocional que existe dentro de ella y el ejemplo de amor que les estáis ofreciendo.

Mirar tu parte no significa soportarlo todo.

Asumir tu responsabilidad no significa aceptar desprecio, control, manipulación, infidelidades, abandono emocional o maltrato. Preparar más cafés, arreglarte más o esforzarte todavía más no salvará una relación en la que la otra persona no te respeta ni quiere implicarse.

Una relación puede trabajarse cuando ambos reconocen que existe un problema y están dispuestos a cambiar. Pero una sola persona no puede sostener indefinidamente el esfuerzo de dos. Si después de hablar, poner límites y buscar soluciones nada cambia, también tienes derecho a preguntarte si seguir allí está destruyendo tu bienestar.

No tienes que decidir hoy si quieres quedarte o marcharte. Pero sí puedes empezar a mirarte con honestidad, comprender qué necesitas, expresar lo que sientes y decidir qué estás dispuesta a cambiar y qué ya no quieres seguir aceptando.

No puedes obligar a tu pareja a cambiar, pero sí puedes recuperar tu voz y tomar las riendas de tu vida.

Si necesitas fortalecer tu autoestima, aprender a expresar lo que sientes sin miedo, poner límites sanos y volver a sentirte más feliz y en paz contigo misma, puedo ayudarte.

Trabajo con hipnosis clínica y coaching, tanto presencialmente en Reus como online. Puedes solicitar una primera consulta gratuita para contarme qué estás viviendo y valorar si este acompañamiento es adecuado para ti.

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