¿Cómo puede afectar un mal ambiente laboral a tu salud mental?

¿Cómo puede afectar un mal ambiente laboral a tu salud mental?

Ayer tenía una cena con amigas y una de ellas nos explicaba cómo, después de muchos años, por fin había cambiado de trabajo. Trabajaba muchísimas horas extras, sentía una enorme presión y cargaba con la responsabilidad de intentar terminar todo el trabajo, aunque nunca podía porque, sencillamente, había demasiado. Durante los últimos meses se habían marchado muchos trabajadores y apenas habían contratado a nadie para sustituirlos.

Lo veo muchísimo y lo escucho constantemente: cada vez hay más jefes y personas con cargos importantes, pero cada vez hay menos personas haciendo realmente el trabajo. Hoy, una sola persona acaba haciendo el trabajo de tres.

Los jefes van diciendo lo que hay que hacer, muchas veces sin conocer realmente cómo funcionan las cosas. Mientras los trabajadores se vuelven locos intentando terminarlo todo —haciendo el trabajo que permite que la empresa gane dinero—, unos jefes discuten qué se debería hacer, se lo transmiten a su superior, este al suyo y así sucesivamente.

Y parece que hoy en día ya ni siquiera dejan trabajar a la gente. Hay que rellenar informes, actualizar documentos, justificar cada decisión y explicar continuamente qué se ha hecho, para que los jefes, los jefes de los jefes y los jefes de estos estén informados. Mientras tanto, las personas que realmente hacen el trabajo pierden horas explicando lo que hacen, en lugar de poder hacerlo. Se sienten vigiladas, controladas y constantemente presionadas. ¿Quién puede trabajar bien así? ¿Quién puede tener iniciativa, ser creativo o disfrutar de su trabajo cuando siente que tiene que justificar cada paso que da?

Después llegan las encuestas internas o las reuniones con Recursos Humanos. Te preguntan cómo estás, te quejas y explicas lo que sucede, pero muchas veces no hacen absolutamente nada. Da la sensación de que solo lo hacen para cumplir, para poder decir: “Mira, nos importa el bienestar de nuestros trabajadores”. Pero después nadie escucha realmente, nadie cambia nada y los resultados simplemente pasan de un jefe a otro.

Muchas personas empiezan un trabajo con cariño, ilusión y ganas. Llegan con ideas y sugerencias, pero reciben respuestas como: “Aquí las cosas no se hacen así”. Poco a poco se van apagando hasta convertirse casi en robots. Hacen lo que les piden y nada más. Pierden la ilusión, viven estresadas y, como no quieren decepcionar a nadie, hacen muchísimas horas extras, casi siempre sin cobrarlas, porque les han hecho creer que eso significa ser responsables.

Mientras tanto, la empresa obtiene más beneficios y reduce costes, porque una persona está haciendo el trabajo de tres. Hasta que esa persona ya no puede más y acaba con ansiedad, depresión, burnout o de baja.

Cuando el trabajo empieza a afectar a tu salud mental

Y creo que aquí hay algo de lo que todavía hablamos demasiado poco: un ambiente laboral tóxico mantenido durante mucho tiempo puede afectar seriamente a la salud mental y al bienestar laboral. No hace falta que el problema sea únicamente la cantidad de trabajo. A veces es un jefe que te trata como si fueras incapaz, que invalida constantemente tus ideas, que necesita demostrar que él manda o que convierte cualquier sugerencia de mejora en una amenaza. Otras veces son uno o varios compañeros que crean un ambiente de tensión constante. Pasas tantas horas de tu vida allí que es muy difícil que todo eso se quede simplemente en la puerta cuando vuelves a casa.

Yo misma trabajé una vez en un lugar así. Mi jefe trataba a su equipo como si fueran unos lerdos. Si proponías mejorar algo o señalabas un problema, prácticamente todo era negado: él era el jefe y punto. Yo discutía mucho con él porque no permitía que me tratara de esa manera, pero veía cómo otras personas se iban apagando. Y, aunque yo me defendía, también empecé a notar lo que aquel ambiente laboral tóxico estaba haciendo conmigo. Cada vez tenía menos energía y, cuando llegaba el momento de ir a trabajar, me sentía triste. Fue, con diferencia, el peor lugar en el que he trabajado y solo duré siete semanas.

Y muchas veces he pensado: si yo noté ese cambio en solo siete semanas, ¿qué puede ocurrirle a alguien que lleva cinco, diez o veinte años trabajando así? Personas que se levantan cada mañana sabiendo que tienen que volver a un lugar que les hace sentir mal, pero aguantan porque tienen una hipoteca, hijos, facturas que pagar o porque han llegado a creer que no existe otra alternativa. Poco a poco, ese malestar puede empezar a acompañarlas también fuera del trabajo. Están irritables, agotadas, enfadadas con el mundo, pierden las ganas de hacer cosas y llega un momento en que el cuerpo y la mente dicen basta. El estrés mantenido, la ansiedad, el burnout o un estado de ánimo cada vez más bajo pueden terminar afectando no solo al trabajo, sino también a las relaciones, la familia y la vida personal.

Entonces llega la baja. A veces durante semanas y otras veces durante meses. Y aquí también deberían reflexionar las empresas: destruir poco a poco a una persona no solamente tiene un coste humano enorme, también tiene un coste para la propia organización. Pierdes experiencia, talento, compromiso y productividad; aumentan las bajas y la rotación, y después tienes que volver a buscar, contratar y formar a otras personas. Cuidar la salud mental y el bienestar laboral de los trabajadores no debería ser únicamente una frase bonita en una encuesta de Recursos Humanos. También es una decisión empresarial inteligente.

Un buen jefe puede sacar lo mejor de ti

He trabajado en varias empresas grandes y solamente en dos sentí que mi iniciativa estaba realmente valorada. Me escuchaban. Eran jefes duros, pero correctos. Sabían sacar lo mejor de mí y yo daba el 300 %, no en horas, sino en actitud. Siempre intentaba dar lo mejor, detectar qué podíamos mejorar y encontrar una forma más eficaz y rápida de hacer las cosas.

He tratado las empresas en las que trabajaba como si fueran mías. Sufría cuando las cosas salían mal o los clientes estaban descontentos, y me alegraba cuando todo funcionaba bien. Quizá eso también tenga una parte negativa. Sé que a veces mi energía puede ser demasiado intensa y que puedo ser un poco caótica cuando tengo muchas ideas nuevas. Pero cuando me han dado libertad, he conseguido grandes cambios en las empresas, pensando siempre tanto en el personal como en los clientes.

Siempre he creído que, si cuidas a tu personal, tu personal cuidará a los clientes. Y un cliente feliz hablará bien de ti, volverá y ayudará a que la empresa crezca.

Yo trabajo mejor cuando confían en mí y me dejan cierta libertad. Cuando han intentado atarme, controlarme o limitarme demasiado, nunca ha funcionado. Sé que quizá no soy la trabajadora más dócil ni la más fácil de manipular. He tenido compañeras y jefes directos que han intentado hacerme la vida imposible, pero cuando llegaba el momento de cambiar, me marchaba o me despedían.

También he trabajado en empresas donde, poco a poco, iban apagando mi brillo, mi energía y mis ganas de hacer lo mejor para ellas. Y, normalmente, cuando eso sucedía, terminaba marchándome o me despedían. He visto cómo mantenían a personas que hablaban públicamente mal de la empresa, que hacían muy difícil el trabajo y que quitaban la energía a todo el equipo, mientras a mí me despedían. Y ya no me importa. En realidad, me hicieron un gran favor.

Una vez, un jefe me dijo: “Babette, antes yo era como tú. Cuidaba a los clientes, me esforzaba y luchaba, pero no sirve de nada. Hay que ser más frío”. Yo le contesté: “Por favor, si algún día me convierto en alguien así, avísame para que me vaya”.

A veces no entiendo a las empresas. No entiendo tanto ego ni tanta inseguridad. Personas que se sienten amenazadas cuando alguien llega con buenas ideas y ganas de mejorar las cosas. Es una verdadera lástima, porque así no solo pierden talento: también apagan a las personas.

¿Y si el problema no eres tú?

Y cuando llevas demasiado tiempo en un lugar que te apaga, puedes terminar creyendo que el problema eres tú. Que ya no tienes la energía que tenías antes, que te has vuelto negativa, que has perdido la motivación o que simplemente tienes que aguantar. Pero quizá deberías hacerte otra pregunta: ¿cómo eras antes de entrar en ese ambiente y en qué persona te estás convirtiendo desde que estás allí? Vivir durante años bajo presión, sintiéndote controlado, poco valorado o constantemente cuestionado puede tener un impacto enorme en tu bienestar y en cómo te sientes contigo mismo. A veces no necesitas aprender a soportar más. Necesitas recuperar la confianza, volver a escucharte y empezar a plantearte qué quieres hacer con tu vida.

Si trabajas en una empresa así y sientes que estás apagada, sin energía y al borde de una depresión, puedo ayudarte a volver a brillar, a atreverte a ser auténtica y a expresarte con seguridad y decisión. La vida puede ser muy bonita cuando aprendes a jugarla. Para mí, la vida es como un juego: no siempre puedes decidir qué cartas recibes, pero sí puedes aprender a jugarlas de otra manera.

Y a las empresas les diría: dejad ya tanta burocracia y escuchad a vuestro personal. Ellos saben dónde están los problemas porque los viven cada día. Saben qué necesitan los clientes y qué cosas podrían funcionar mejor. Si les dais una oportunidad y cuidáis de ellos, la empresa puede crecer con personas sanas, comprometidas y felices.

¿Te has reconocido en estas palabras?

Si sientes que tu trabajo te está apagando, que has perdido la energía que tenías antes o que estás aguantando una situación que empieza a afectar a tu bienestar, quizá ha llegado el momento de empezar a pensar también en ti.

No siempre puedes cambiar lo que ocurre en tu trabajo, pero sí puedes cambiar la manera en la que te afecta, recuperar tu seguridad y empezar a tomar decisiones desde otro lugar.

 

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